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“Perdonar lo imperdonable” por Frank Rozas Corvalán

Cuando nos encontramos ad portas de cumplir cincuenta años del golpe al Estado, es decir, hacia la conmemoración del quiebre de la institucionalidad política, es necesario volver sobre ciertos problemas fundamentales que han vuelto con su estela fantasmagórica a rondar entre la sociedad de los  vivos.

Si hace diez años atrás, en un marco de estabilidad política y de promesas de que a los ladrones se les iba a acabar la fiesta, la derecha soft hacia promesas de condenar el golpe de Estado e incluso condenaban abiertamente la dictadura, hoy hemos presenciado un cambio en el discurso de estos grupos políticos. Más radicalizados, olvidando los pactos y los eslóganes de campaña, arremeten y juegan a defender no sólo el “legado de la dictadura”, como el sistema económico y las trabas constitucionales en que hoy nos vemos inmersos, sino que de plano han optado por apoyar y justificar el golpe. ¿Cuál es la lógica que se esconde detrás de esto? Ya que son los mismos grupos que desde el retorno a la democracia han abogado insistentemente con dejar aquellos episodios de nuestra historia en el pasado, pero hoy retoman y justifican sin ninguna distinción o pudor la violación y quiebre de la institucionalidad, bajo la premisa de que “no había otro camino”, y muchos; como Republicanos, niegan la violencia sexual y los crímenes de lesa humanidad, tildándolos de “mitos urbanos”. Habría que razonar qué es lo que esconde este nuevo relato de los sectores conservadores. ¿Es simple negacionismo? ¿Es una estrategia para pelear el relato histórico que se ha construido al respecto? ¿Es la verdadera cara de un sector de la derecha? 

Lo que deja en limpio este recrudecimiento de la deriva golpista en el relato histórico de la derecha en Chile, en complicidad con los mal llamados sectores intermedios, es que la experiencia política de la Unidad Popular es ilegítima, y que hay que atacar no sólo la figura histórica de lo que significó la UP, sino que hay que acabar con sus continuadores ideológicos. Todas las fuentes historiográficas serias de nuestro país muestran a la Unidad Popular como la culminación de un proceso de democratización de la sociedad chilena en el siglo XX, que comienza con las sociedades mutualistas, la unión de los cuerpos militares, gremios de obreros y federaciones de estudiantes que dieron empuje a la experiencia constituyente de 1925, pasando por las huelgas generales y los frentes de masas como el Frente Popular que logró ganar la elección del presidente Pedro Aguirre Cerda. No puede desprenderse de la historia de nuestro país, el hecho singular de la construcción de un pensamiento político profundamente popular y chileno, como lo fue la Unidad Popular, la revolución con olor a “empanadas y vino tinto”. El pretender la eliminación de esa experiencia y esa memoria histórica y política es un acto tan genocida y repudiable, como lo fue la exterminación de los grupos políticos opositores que realizaron las policías políticas de esa tiranía –CNI Y DINA- durante diecisiete años.  

Pero volvamos al problema, a los cincuenta años y la polarización política actual. Mucho se ha pedido desde el mundo de la derecha el “pasar la página”. Y esto resulta un tema no menos problemático cuando se pide perdón y olvido de hechos de los cuales se reniega constantemente, a pesar de toda la documentación jurídica, histórica y hasta científica que se ha recabado en los diferentes casos y comisiones como Valech (1 y 2) y Rettig (tomo I, II y III). Entonces, ¿cómo poder pasar la página? ¿Cómo perdonar aquello que es imperdonable para el otro?

 El acto más profundo de dar, es dar perdón, que en su etimología quiere decir “darlo todo”. (per;todo/dón;dar), es decir, deponer mi voluntad para ofrecer lo que tengo. Pero el perdón sólo tiene sentido si logra alejarse de la lógica mercantil del intercambio, de la economía de las amistades. Debe ser un llamado a la reciprocidad.  Si hiciéramos el ejercicio de analizar el problema del perdón en esta sociedad tan sui generis como lo es la chilena, podríamos decir que ciertamente desde la izquierda se ha hecho un ejercicio de perdón. Las comisiones,  los informes y las osamentas han sido un consuelo para los deudos que aún sufren aquello que se les ha arrebatado, que ha sido un hijo, un padre, una madre, una hermana.  Pero que finalmente, no logra colmar aquel vacío, puesto que se les exige que dejen esa búsqueda de verdad, que abandonen ese pensamiento de justicia  y que finalmente “pasen la página”.

Quizás sería hora que desde el otro lado de la vereda se hiciera el ejercicio de pasar la página, y se condene efusivamente la tiranía, la violencia, el salvajismo y la bestialidad con que operó la dictadura en Chile. Es decir, que vuelvan al carril por el cual iban hace unos diez años atrás, pero también, quizás sería aún más importante y fundamental para el futuro de Chile en estos cincuenta años del golpe, el perdonar aquello que para este sector es imperdonable, es decir, sincerar el que la violación  y sedición a la institucionalidad del gobierno de la Unidad Popular fue un error y una traición al país, que el perseguir y asesinar a personas por su pensamiento político fue un error y asumir la responsabilidad -como herederos ideológicos- de que aquello es condenable y que bajo ningún pretexto puede justificarse.

Es necesario hacer lo imposible por perdonar, de esta forma y sólo de esta forma, podremos perdonar aquello que es imperdonable.

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