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Luces, claroscuros y sombras en el desarrollo social y urbano de Aysén en la primera mitad del siglo XX.

Por Frank Rozas

La insularidad que caracteriza a nuestra región,  no es un problema nuevo, ni mucho menos un problema que se derive de su relativa juventud (como administración), o del poco crecimiento económico que ha experimentado el país en general y la región en particular. Más bien se trataría, de un crecimiento económico, una expansión territorial, y una planificación urbana y social, que no se condice con la realidad del territorio y sus pobladores. Y que por consiguiente, ha logrado mantener a la  región de Aysén en una gravísima situación de dependencia y fijación gubernamental.

Para poder entender esto, habría que volver hacia los albores del siglo XX (1900) y entender el proceso de colonización, para efectuar una trazabilidad de discursos y acciones que nos puedan dar pié a comprender el porqué de nuestra situación actual.

Para finales del siglo XIX, en el gobierno del presidente José Manuel Balmaceda, se comienza a integrar lo que actualmente consideramos como el territorio de Aysén. Hay que tener en cuenta, que Chile había iniciado un plan de extensión y ocupación militar de los territorios de: la Araucanía (Ocupación de la Araucanía, 1860-1883); de Arica, Tarapacá y Atacama (Guerra del Pacífico, 1879-1884), y antes de todo esto, hacia la mitad del siglo XIX (1850), fomentó una colonización de tipo racial  en el sur de Chile que en palabras de su comisionado el señor Vicente Pérez Rosales es “ la única inmigración posible entre nosotros: la inmigracion limitada i escojida; a la de especialidades; en una palabra, a la inmigracion contratada. “

Esta incorporación de  territorios alejados de la jurisprudencia y de la soberanía efectiva de la metrópoli chilena, llevó a constituir lo que conocemos actualmente como el territorio chileno.

¿Pero qué sucedía con los peones, labradores y campesinos del centro y sur del país? Pues, la mayor parte de las fuentes documentales y la historiografía actual, nos dan cuenta de un proceso de transformación social y económica de estos estratos sociales durante el siglo XIX (en el proceso de constitución de la República, 1810-1900). El desenvolvimiento natural de estos grupos sociales, de, pequeños estancieros, peones agrícolas y labradores, habría sido el de una constitución de una clase media rural, así como también el de los peones urbanos o artesanos, que su desenvolvimiento natural hubiera sido el de una constitución de clases productoras (clase industrial). Pero, esto no sucedió. ¿Por qué razón?

Pues, en principio, habría que argüir al modelo económico chileno, que aún se enseñorea en el país. Ese modelo económico de rancio abolengo en Chile es el del liberalismo más puro y duro. Me refiero a aquella doctrina filosófica del “Laissez Faire”, expresión francesa que podría traducirse como <<dejen hacer, dejen pasar>>. Es decir, una absoluta intervención de los privados en la economía, y la mínima intervención del Estado en los negocios. ¿Suena similar a lo que nos enfrentamos hoy en día? Pues, la base económica de Chile en buena parte del siglo XIX y la primera mitad del siglo XX se basó principalmente en la recaudación de impuestos sobre exportaciones.

Los estragos de este “dejar hacer, dejar pasar”, fue el confinamiento de nuestros propios compatriotas, es decir, de los chilenos pobres que constituían la mayor parte de la población, a una situación de miseria y marginación social. Pero, si este modelo económico y político del liberalismo oligárquico chileno, era un modelo ejemplar para América Latina, ¿a qué se debe esa miseria social que atestó las calles de huachos, gañanes, rotos y bandidos hacia los primeros decenios del siglo XX? Y que se graficó y estudió en la denominada “cuestión social”.

Pues se debe a la creencia ciega de la intelligentsia oligárquica de que el chileno, el mestizo, el indio; es flojo, es ebrio, es en otras palabras, un ser de uso y abuso, sin derechos ni capacidades para tomar por las riendas el desarrollo del país.  Por eso, absolutamente todas nuestras cartas fundamentales están redactadas, pensadas y propuestas desde aquella intelligentsia patricial hacia el bajo pueblo. Son estos los enclaves que han hecho de Chile, el país que es hoy, un país que basa su economía en la exportación, sin ninguna transformación real de sus cimientos, sin fomento a la producción industrial y sin proletarización de nuestras clases sociales más desposeídas. Seguimos al arbitrio del “dejar hacer, dejar pasar”. Y peor aún, sigue la férrea creencia en que el extranjero, el europeo, el tecnicista es el único apropiado para fomentar la producción de la economía.

Por otra parte, desde nuestra experiencia como aiseninos, como hijos de esta tierra, sabemos del trabajo duro de sol a sol, de aguantar inviernos con quince grados bajo cero. Lo vivieron nuestra(o)s bis abuela(o)s, abuela(o)s, padres y madres. Como hijo de colonos, al igual que muchos aiseninos, siento una deuda histórica con la gesta de nuestros padres y madres.

No sólo el reconocimiento a las familias pobladoras y colonas, es necesario para preservar nuestra forma de vida, nuestra identidad cultural. Sino que también es necesario avanzar hacia un proceso de democratización y de proposición política territorial, que tenga como base nuestra experiencia como pobladores y como herederos de un llamado histórico.

Este llamado histórico, es el que emprendieron miles de labriegos y campesinos del centro-sur del país. De ciudades como: Los Ángeles, Valdivia, Rio Buenos, La Unión, Osorno, Llanquihue y Temuco. Que, en vista de la ocupación y concesión de territorios chilenos en manos de extranjeros (europeos), se vieron en la necesidad de emigrar de su país. De irse a la cordillera como bandidos hacia Argentina. Donde también los corrieron, se crearon cuerpos policíacos como la Policía Fronteriza del Sur, donde asesinaron y expatriaron a no pocos chilenos. Los que volvieron, fueron a parar a los centros urbanos, masificando la población de estos y pasando a atestar la metrópoli de conventillos. Los que siguieron, fueron asentándose en los territorios poco explorados de Argentina y Chile, en la Patagonia. Este es el caso de nuestra colonización.

Mucho se ha hablado o mencionado en la historiografía regional, del carácter de la colonización de Aysén, etiquetándola como una “ocupación” o “colonización espontánea”. Pero, creo que considerarlo así, es pecar contra el espíritu histórico de esta empresa, es de cierta forma acallar el “eco de las voces muertas” como diría el filósofo Walter Benjamin. Es decir, Aquellas experiencias pretéritas excluidas del relato histórico que sólo se afana en resaltar los perfiles del pasado que sirven para mantener el estado actual de las cosas.

Una colonización espontanea, tiene relación con un avance tecnológico del territorio. Vicente Perez Rosales en su memoria sobre inmigración es categórico en señalar que: “En tan importante cuestión, no se trata tanto de saber cuales son los sistemas mas perfectos de promover la inmigración en jeneral, cuanto de averiguar cual  es el mas adaptable a nuestro estado; o lo que es lo mismo, cual es el ménos malo que nuestros recursos materiales e intelectuales nos permiten plantear.

Partiendo de este inexorable principio, se puede desde luego asentar: que en Chile la Inmigración espontánea i en masa, como se pretende que sea, no solamente es de todo punto irrealizable, sino también un delirio de imaginaciones entusiastas, mas dispuestas a emitir utopías que a calcular los medios de hacerlas efectivas.

Lo que intenta demostrar Perez Rosales, es que una colonización espontánea, es la que atrae a los colonizadores bajo un prisma de apertura estatal de un territorio que es rico en producción (extracción, explotación), y en el cual el Estado ha pensado en realizar aquella colonización en base a un plan de ocupación previamente delimitado y estudiado.

                Esto en el territorio de Aysén jamás ha sucedido. El Estado dividió y cuadriculó el territorio en vista de un plan de concesiones a particulares capitalistas. El cual, para ser sinceros, tampoco funcionó. Se incluyó en estas cláusulas la radicación de familias de origen sajón, es decir, se utilizó el mecanismo de la colonización racial a la cual hice mención anteriormente. No me detendré en el tema de las concesiones de tierras por ser un tópico recurrente en nuestra historiografía regional y del cual se han hecho cargo variados investigadores de renombre.

Por otra parte, habría que recordar las innumerables trabas y peripecias que tuvieron que afrontar los colonos para poder hacer uso de la tierra. El Estado y el capital “ovino” hicieron todo lo posible por eliminar a los numerosos colonos del territorio. Habría que recordar la irrupción de Von Flach, o la Guerra de Chile Chico (1918), sin ir más lejos para demostrar este hecho. Lo que deja entre ver esto, es que no existió un plan de colonización bipartito, lo que existió fue un plan de colonización y ocupación territorial que difería diametralmente del plan de ocupación del Estado y del capital. Que se enfrentó a él y lo denunció públicamente. Lo que existió fue un ejercicio de soberanía popular, nacido de la experiencia histórica de los pobladores y campesinos del sur, que decididos a hacer valer su calidad de labradores de esta tierra, se enfrentaron al Estado, al capital concesionario y los esbirros de estos dos.

A modo de ejemplificar esto,  podríamos recordar un hecho que ocurrió en: “El sitio donde hoy está el almacén y la oficina de la administración, lo ocupaba el almacén antiguo, incendiado en la noche del 13 de Junio de 1919, de lo que se culpó al jefe de los Almacenes, Silvano Bibiano Ochoa, argentino, este fue llevado preso a Puerto Montt, donde registrado su equipaje, se encontró comprobantes de internaciones que hacia la S. I. A. desde Argentina, por lo que se le siguió a esta un proceso. Es de advertir que en toda esta región no existe una sola tenencia de aduana, todo habitante es un contrabandista obligado.”

La S.I.A (Sociedad Industrial de Aysén), optó por el contrato e internación de sujetos con calidad de ilegalidad para laborar en suelo chileno. Este hecho, el incendio del antiguo almacén, se pudo deber a variados motivos. Habría que recordar las peripecias que llevó a cabo judicial y extrajudicialmente Von Flach para hacerse de los territorios, para una posterior entrega de concesiones a la S.I.A. Esto hacia 1918, en la conocida Guerra de Chile Chico. No es de extrañar, que el incendio haya sido provocado en pos de tensionar el conflicto entre pobladores y concesionarios. De cualquier manera, esto deja entrever, la difícil situación que enfrentaban colonos y concesionarios, enfrentados por la ocupación de tierras. De ninguna manera esto podría entenderse como un plan de colonización bipartito, es decir, una colonización espontánea y una colonización en base a concesiones.

Las fuentes documentales de nuestra historia reciente en el siglo XX, nos muestran que esta idea de un desarrollismo incipiente en el territorio de Aysén se mantuvo por lo menos hasta pasada la mitad del siglo XX (1900-1973).

Prueba de ello es, por ejemplo, el estudio de un “Plan ferroviario en las provincias de Aysén y Chiloé” a cargo de Alberto Barriga Araya, y finalizado en noviembre de 1952.

Este documento finaliza con la sentencia categórica de qué; “Frente a los costos de construcción y de explotación no hemos titubeado en proponer este plan de construcción de una red de ferrocarril, como la única solución posible para contribuir a la incorporación a la producción y economía Nacionales de estos territorios chilenos, cuyos habitantes esperan del Supremo Gobierno, que tome las medidas necesarias para terminar con el abandono en que se los ha dejado hasta la fecha.-“

Como sabemos, este plan ferroviario jamás se llevó a cabo, y aún hoy resuena el clamor por una vía expedita de comunicación con el resto de Chile. Una vía de comunicación que nos permita un desarrollo óptimo de la economía, propiciando a los habitantes de la región como futuros productores e industriales que puedan hacer uso de esta infraestructura.

Muchos contemporáneos podrían argumentar que el costo de una vía férrea es una ilusión o un sueño de idealistas, pero el mismo encargado del plan ferroviario, encargado de hecho por el Gobierno, admite que; “Vimos que el costo total de los 1.487 Kms. de vías férreas, con equipo, es de $6.620.000.000,00 lo que da un promedio cercano a los 4,5 millones de pesos el kilómetro, que no es exagerado, ya que el costo medio mínimo de un camino permanente en dicha zona no es inferior a los 2,5 millones de pesos el kilómetro, sin contar con el equipo.-“

Esto hacia 1952, pero qué sucedía antes, para que se pusiera en debate el tema de un plan ferroviario para Aysén.

Un acercamiento a cómo era la vida de antaño, es la que nos deja Atiliano Orostegui, quien al parecer vivió algunos años en Aysén y escribió una Carta al entonces presidente Pedro Aguirre Cerda, exponiendo los grandes problemas que presentaba la región, entre ellos el problema vial.

Hacia 1939, escribía Orostegui al Presidente Pedro Aguirre Cerda: “El llamado Camino Internacional, que une este Puerto con Coyhaique y Coyhaique Alto y que llega hasta la frontera con Argentina, es pésimo, tan malo que avergüenza denominarlo camino. Se me ha dicho que los dineros públicos en la construcción de esta vía, se han dilapidado en tal forma que da rubor así declararlo. Los funcionarios han debido tomar medidas drásticas durante algún tiempo para cortar los abusos y los vecinos que saben de estas cosas aseguran que este camino debiera estar pavimentando de macadan si se consideran las partidas de dinero concedidas. Pero no deseo ahondar en esta materia que correspondería, en conciencia, a las administraciones anteriores al actual Gobierno. Lo que interesa es significar que los caminos en esta región están sólo en proyecto y que no se trata de un camino internacional, más o menos en buen estado, sino de extender un verdadero conjunto de brazos camineros a través de toda la zona para servir e incrementar la riqueza ganadera, agrícola y comercial en todas sus fases”

Esta fuente documental, nos habla de un camino que avergüenza a la población, de dineros públicos dilapidados por concesionarios sin ningún tipo de escrúpulos, es más, Orostegui afirma que; “No citaré nombres (ellos deben estar en conocimiento de quienes corresponde), pero es público y notorio que ha habido contratistas que, teniendo convenios con el Fisco en otros puntos del país, llegan a estas latitudes tarde, may (sic: mal) y nunca, dejando impagos a sus obreros largas temporadas, entregándolos así a su propia suerte. Otras veces no han vuelto más y los trabajadores han  debido soportar el peso de sus salarios insolutos con el consiguiente detrimento, que es dable suponer, a la economía regional, principalmente las deudas de las dueñas de casa, quienes no han podido resorcirse (sic: resarcirse) de sus gastos por pensión y otros embolsos. Esto ha ocurrido hace poco y lo sabe  el Ministro del ramo, porque entiendo, y no dudo  que debe saberlo. ”

No es de extrañar, que veinte años más tarde, las mismas prácticas sucedieran con el plan ferroviario de Aysén. Esto se puede deber principalmente al poco conocimiento e importancia que brinda la centralidad a las periferias. Más aún, una región tan alejada como la nuestra. Obviamente también se debe a la nula descentralización que existe en Chile, y que en la región de Aysén sufrimos aún hoy, debido a la regionalización (especie de descentralización) que en la práctica ha servido para poder replicar los mismos errores históricos, a saber, que desde el centro mandan y desde la periferia obedecemos y aplaudimos.

Propongo que re-pensemos nuestra situación, en vista del centenario de nuestra fundación como sociedad aisenina. 

Para ello me gustaría fomentar la discusión respecto a una inquietud entorno al habitar, colonizar y construir, a propósito del plan ferroviario de Aysén. ¿Se puede construir/edificar sin habitar? ¿Es una construcción, significativa, si no se piensa desde el habitar?

Heidegger diría que:  “El rasgo fundamental del habitar es este cuidar (custodiar, velar por).  Este rasgo atraviesa el habitar en toda su extensión. Así, dicha extensión nos muestra que pensamos que el ser del hombre descansa en el habitar, y descansa en el sentido del residir de los mortales en la tierra.

 (…) los mortales abrigan y cuidan las cosas que crecen, erigen propiamente las cosas que no crecen. El cuidar y el erigir es el construir en el sentido estricto. El habitar, en la medida en que guarda (custodia) a la Cuaternidad en las cosas, es, en la medida de este guardar (custodiar), un construir.”

La esencia del habitar radica en cuidar, en velar por el lugar donde el ser se realiza a través del tiempo, que, como mortal, es de lo único que dispone. Su vida misma, su historia, su tránsito. En la medida en que el ser, el mortal, cuida y  erige lo que necesita, lo que está en balance con su desarrollo mismo y con el de su medio-ambiente, está construyendo, está habitando. 

Una peregrinación desde el suelo natal, desde la patria misma, hacia los confines de ésta, territorio inexplorado en su mayoría, es por lejos un tránsito hacia la búsqueda de ése habitar. Es una realización histórica si se toma en cuenta el número de pobladores y colonos que iniciaron el éxodo desde el centro-sur de Chile.

Pero más allá de esto, es interesante plantear el problema de una construcción tan importante como las vías de comunicación. ¿La sociedad se ha planteado de qué forma esa construcción beneficia a los habitantes? Necesitamos pensar en una vía de comunicación que se plantee como una solución a nuestra problemática actual de comunicación, que se encuentre en  concordancia con nuestras proyecciones y necesidades. Que se piense desde el habitar, desde el cuidar y velar. En fin, que logre ser, a su vez, una realización histórica.

“(…) en el momento en que el hombre considera la falta de suelo natal, ya no hay más miseria. La falta de una patria es, pensándolo bien y teniéndolo bien en cuenta, la única exhortación que llama a los mortales al habitar”
Martin Heidegger.


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